jueves, abril 28

El Secreto de Dánae en la Antártida


- Vamos a ver... ¿recordamos lo que vimos en clase sobre las plantas? Las plantas necesitan...
- Sol, agua y sales minerales!!! - canturreó el pequeño tal como le había enseñado su "seño" en clase.
- Muy bien Pablito. Qué bien se te está dando este tema de Cono, eh campeón?

Esa buena maestra estaba asombrada con la pericia vegetal que tenía este pequeño que iba a trompicones por la senda educativa. No podía imaginar una razón objetiva por la cual se hubiese despertado su interés por las plantas. Era un tema complicado: fotosíntesis, CO2, oxígeno, raíces, savias,...
Pero su asombro se acrecentó cuando vio la manera en la que la semillita de Pablito crecía más que las del resto de sus compañeros. Cuando allí, en el campo de batalla, enfrentándose a la tierra, a las raíces en vivo y en directo, trasplantaba su macetita mejor que cualquier otro. Con una sensibilidad innata. ¿Cómo podía el hijo de ese broker enganchado a gélidas cifras del Ibex 35 y de esa mujer extrañamente ajena a todo, que resolvía sus grandes problemas yendo de compras a las tiendas de las grandes firmas, tener esa sensibilidad con las plantas, ese interés desbordado por todo ese mundo vegetal y, para él, casi mágico?

Las dudas de esta maestra joven, inexperta pero con ese tesón que le hacía la mejor de las maestras, no se resolverán porque hay escondrijos en las personas que hacen verdaderamente inexplicables algunas situaciones.
¿Cómo va imaginar esa muchacha que la razón de esa sensibilidad, de esa dulzura vegetal de Pablito, no es otra que los genes? ¿Cómo va imaginar que esa mujer en medio de la Antártida de su matrimonio fue, por un instante, una Dánae terriblemente feliz en los brazos de un pobre jardinero?

1 comentario:

J. Güell dijo...

Bueno, cuando me contaste que estabas gestando en tu mente este relato me pareció una idea estupenda, pero ahora que cobra cuerpo en la escritura, me parece aún mejor. Un beso.