martes, septiembre 11

La chica de la maleta roja

Ella sabe mirar al cielo y saber que mañana habrá tormenta. Sabe también que lo mejor en esos casos es salir corriendo. Hoy antes de amanecer lo ha hecho y su taconeo vivaz era ya el sonido de las vías del tren. Y su corazón rojo, como su maleta, marcaba el compás binario de la locomotora.
Miraba la ventanilla y su reflejo se fundía con el paisaje, no llegando a discernir si esas dos lucecitas eran sus ojos o dos farolas a lo lejos. Sus recuerdos también aparecen en escena, formando una extraña trinidad: la misma cosa en tres estados distintos.
Huye de ella misma, siendo consciente de cuando llegue allí y se siente en el palco de estrellas y la brisa del mar le llene los pulmones, mirará hacia su casa que no es más que una filita de luces a lo lejos. Y suspirará, como aquel rey. Y entenderá entonces el coraje de este hombre,¡qué valentía! Huir no es lo más fácil. Pero ella no sólo huye sino que va al encuentro de la mitad de su corazón rojo, como su maleta, que una vez enterró en una playa del Norte del Sur.
Yo admiro a esta mujer, que sabe mirar al cielo con ojos sibilinos, que corre con el compás de un tren, que sabe sonreír como nadie aunque no le guste, aunque su corazón rojo esté en cuidados intensivos. Me encanta escucharla decir "buenos días". Y es que a ella no le gusta ser un eslabón más de la desidia, de esa cadena de mal humor, respuestas secas y ceños fruncidos. Me encanta verla fumar. Parece que ese humo de confusión para ella es una bocanada de aire fresco que le llena la cabeza de ideas, de recuerdos, que va soltando a lo largo de su discurso. Me encanta verla correr...
Ahora me mira, desde lo lejos, en su palco de estrellas. Me regala una de sus sonrisas y me guiña un ojo. Es feliz, vuelve a serlo al otro lado. El humo de su cigarrillo me ha dicho que va a volver. Con la maleta roja, como su corazón, llena de felicidad. Para sonreírse a sí misma como se merece.
Suelto la pluma antes de que descubra que la fotografío con mis palabras. Antes de que descubra que corro detrás de sus zapatos rojos, como su maleta, como su corazón. Esto tiene que parecer casualidad porque para cuando ella se dé cuenta ya habré conseguido parecerme a ella tanto que le sorprenda... Tanto que la merezca. No es sano, lo dice mi psiquiatra, pero es que ¡me gusta tanto...!

2 comentarios:

Perceval dijo...

Ojala algún día yo pueda volver a escribir, con esa intensidad que brota de tus relatos. Hay dificultades, pero estás viva, y eso es en parte lo que yo siento que no tengo. No es dolor, sólo ausencia de ciertas emociones y sentimientos. Te quiero mi niña

Violeta dijo...

Ay, mi pequeño Ulises, pequeño por tu ternura, porque cuando la ternura es de verdad no se le puede dar otro adjetivo que pequeño. Mi Ulises grande en tamaño, en sabiduría, en saber estar, en apoyo y muy a mi pesar en confusión. Todo pasará y espero poder ayudarte como tú me ayudas a mi. Porque la confusión, el vacío y la apatía son normas de esta generación nuestra, de estos tiempos que no son tiempos para la lírica.
Yo también te quiero muchísimo.